Dulce Optimismo Jorge Aurich

 

Palabras tan usadas en nuestro día a día. Algunos indicadores empresariales que se esfuerzan por “medir” de alguna manera estás dos formas de entender la vida. Dos estilos de relacionarnos con las cosas que nos pasan y con lo que hacemos.

¿Qué tan importante o qué tanta diferencia puede hacer uno u otro respecto de los resultados que esperamos conseguir?

¿Acaso puedo elegir ser optimista o más bien depende de mis genes o del entorno en el que fuimos formados y no se puede cambiar?

El sentido común nos dice que el optimista es más feliz que el pesimista. La pasa mejor, se divierte, es más alegre, ve la vida con color. El pesimista, por el contrario, espera lo peor, ríe menos, no disfruta de la vida, quizá tenga menos esperanza y expectativa sobre el futuro. Si esto es así, ¿por qué alguien es su sano juicio elegiría ubicarse en el plano pesimista? ¿En qué momento las personas terminan envueltas en ese humo negro del pesimismo, creyendo que “es así y así es” y siempre fue así?

En el año 1965, Martín Seligman y Steve Maier, con menos de 25 años, iniciaron una serie de experimentos en la Universidad de Pensilvania que dieron lugar a lo que se denominó luego como Indefensión o Desesperanza Aprendida, intrínsecamente relacionada con la forma pesimista de apreciar la realidad y con la depresión en los seres humanos.

La indefensión aprendida es la incapacidad para dar respuesta a una situación difícil que podría ser resuelta, pero que se contempla como imposible de solucionar producto de experiencias previas frustradas. Así, este tipo de experiencias en la niñez y la adolescencia podría llevar a las personas a asumir los retos y situaciones de la vida desde esa “indefensión” que se convierte en un estilo “pesimista” de relacionarse con la vida. Por el contrario, las experiencias de éxito y superación, nos llevan a aprender que somos capaces de remontar dificultades más allá de las circunstancias no modificables, nos hace capaces de retarnos y cambiar para una mejor forma de salir de las demandas del día a día, nos hace desarrollar la confianza en nosotros mismos, nos hace optimistas.

El optimismo, por tanto, nos empodera y mueve a la acción y a la búsqueda de resultados positivos, los resultados negativos se acotan a situaciones concretas; el pesimismo y su visión catastrofista nos inhabilitan e invitan a la inacción bajo la creencia de que nada cambiará y de ocurrir algo favorable es producto del azar.

Te invito a reflexionar sobre la importancia de estos conceptos y aprendizajes en términos de la educación que impartimos a los niños, la educación escolar, la relación con nuestros colaboradores y gerencias, con nuestra pareja y con nosotros mismos y los resultados que deseamos obtener. Lo bueno de todo es que así como se aprende pesimismo, también se puede aprender el optimismo, el dulce optimismo.