Ranitas deportistas

Levantarse diariamente a las 4.45 de la mañana, durante el invierno, con la garúa helada cayendo en tu rostro y correr 10 ó 12 kilómetros exige no sólo fuerza de voluntad  y un profundo deseo de conseguir un resultado, algo distinto a aquello que estás logrando, sino además disciplina para vencer el frío y las ganas de quedarte en la cama durmiendo cómodamente. Vencer el confort inmediato para lograr un resultado satisfactorio de mayor alcance.

Un estudio de 2006 realizado en la Universidad de Duke demostró que el 40% de las acciones que llevamos a cabo diariamente no corresponden a decisiones sino más bien a hábitos. Es decir, comportamientos automáticos derivados de la repetición constante; y no de decisiones fruto del cuidadoso ejercicio de nuestro raciocinio. “Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito” decía Aristóteles.

¡Qué importantes son los hábitos!

Un hábito es una conducta que repetimos de manera constante, casi sin pensarlo, y la razón de que funcionen así es que el cerebro busca optimizar sus resultados ahorrando energía, evitando tener que “pensar” cada vez que hacemos algo, esto lo consigue a través de los comportamientos repetidos, los cuales se instalan a nivel neurológico, concretamente en los ganglios basales del cerebro, zona relacionada con la fijación de patrones de comportamiento como lo demostró Larry Squire de la Universidad de California. Dichos hábitos, además, están asociados con el circuito de recompensa activado como consecuencia de la conducta realizada, es decir, aprendemos a relacionar determinado comportamiento con resultados esperados. No hay hábito que no produzca placer, ninguna persona repite un comportamiento si no obtiene algo que le agrada; al menos en el corto plazo. En este sentido, hay hábitos convenientes y también hay aquellos que no lo son por sus consecuencias colaterales o efectos en el largo plazo. Los primeros deseamos conservarlos, los segundos eliminarlos (si somos conscientes de ellos).

Sobre aquellas metas que deseamos alcanzar y que requieren comportamientos recurrentes, nos llevan  a la necesidad de instaurar prácticas constantes en pro de lograr dicha meta, es decir, desarrollar nuevos hábitos. Por ejemplo, si deseamos perder peso entonces debemos incorporar a nuestra vida hábitos alimenticios adecuados además de la práctica regular de ejercicio físico. Si buscamos hacer una maestría, debemos definir hábitos de estudio, lectura y descanso que permitan avanzar con los cursos y tópicos del programa. Si deseamos llegar puntualmente a la oficina tendremos que dormir a una hora adecuada para despertarnos con la energía y motivación para llegar temprano, a la hora.

¿Cómo construir un nuevo hábito?

Soy un convencido que nadie construye hábitos si realmente no quiere lo suficiente aquella meta u objetivo que desea lograr. Vale decir, o empieza a descubrir el dolor o el costo de no cambiar, o encuentra un motivo suficientemente atractivo como para generar un nuevo comportamiento, finalmente más que querer algo, se trata del precio que se está dispuesto a pagar para obtener ese algo; parafraseando a Nietzsche “Aquel que tiene un porqué lo bastante fuerte, puede soportar casi cualquier cómo”. Los hábitos no surgen por magia, los hábitos vienen de la decisión de cambiar una conducta que has logrado identificar como perniciosa o poco productiva en tu vida que te está llevando a experimentar emociones negativas como frustración, desencanto, conformismo y, finalmente, pensar que no se es capaz de cumplir con lo que se ha propuesto, afectando nuestra integridad como lo plantea Tal Ben Shahar elemento que para Nathaniel Branden es un pilar para desarrollar la autoestima.

Si deseas desarrollar nuevos hábitos te propongo seguir los siguientes pasos:

Primero, define qué es lo que deseas en realidad y determina que es lo que te impide lograrlo. Tener una ilusión nos mueve hacia la acción y nos brinda el combustible para mantenernos en marcha. Reflexiona no sobre lo que te costaría dejar la conducta que tienes ahora, sino en lo que estás perdiendo por no realizar un cambio.

Segundo, reconoce el costo de no cambiar el hábito actual (lo que deseas modificar o eliminar) a pesar de la recompensa inmediata que puedes estar recibiendo. Un fumador obtiene placer en cada bocanada de humo del cigarrillo, sin embargo, podría asociar dolor al ver que cada cigarro que consume aumenta su riesgo de muerte afectar la vida de su familia, ¿qué dolor es mayor, la pérdida del disfrute de un cigarrillo, o el dolor y responsabilidad de cuidar de su familia?

Tercero, asocia placer y disfrute con el nuevo hábito adquirido; se consciente de ello. Debes ser muy claro en este punto, todo hábito busca una recompensa. Es necesario ponerla en evidencia. Debes aprender a disfrutar y valorar los pequeños resultados que vayas consiguiendo con la nueva conducta.

Y cuarto, desarrolla el condicionamiento, es decir, llévalo a la práctica, repítelo de manera constante. El cerebro es el órgano más plástico de nuestro cuerpo, podemos reestructurarlo, reinventarnos a nosotros mismos con nuevas conductas. Hasta hace poco se hablaba de 21 días para generar un nuevo hábito, esto fue derivado de un libro publicado en 1960 por Maxwell Maltz; sin embargo, en 2010, a partir de otro estudio se demostró que instaurar un nuevo hábito toma poco más de dos meses, unos 66 días; esto dependerá de cada persona finalmente y del tipo de hábito que se pretenda formar. Ponte en marcha ahora.


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