gato atento

Estamos conectados. La era SMART nos acoge con múltiples dispositivos, para todos los gustos y cada vez de más fácil acceso. Los millennials llegaron y encontraron esta realidad, la han hecho suya y los más “grandes” no somos ajenos a este nuevo contexto, social, económico, comercial; en suma un nuevo contexto vital, el 2.0.

Según estadística de The Radicati Group, en promedio, en 2015 recibimos y enviamos en promedio 122 emails al día. Los peruanos pasamos más de 24 horas al mes en internet (de acuerdo con comScore), cifra que se queda corta comparada con las más de ¡20 horas a la semana! que pasa un adulto promedio en Reino Unido según The Telegraph y que de alguna manera muestra hacia dónde vamos en lo que concierne al consumo de información en medios electrónicos. Así, mientras que en el Reino Unido el 86% de los adultos puede acceder a la web desde cualquier lugar, en el Perú solo el 37% utiliza internet.

Esta hiperconexión se hace evidente en las reuniones de trabajo en la oficina, en donde lo corriente, y no por ello adecuado, es mirar constantemente la pantalla del celular esperando un nuevo mensaje de whatsapp o un nuevo email. No es raro preocuparnos más por publicar el selfie en Facebook que disfrutar al 100% del momento que estemos pasando con la familia o los amigos.

Este nuevo campo de juego 2.0; viene con desafíos, especialmente dirigidos a esa poco conocida y tan importante capacidad humana, tanto para el aprendizaje intelectual, social y para nuestra felicidad: la atención.

El premio nobel de economía de 1978, Herbert Simon, adelantándose a este nuevo escenario, y como parte de las conclusiones de su teoría sobre la toma de decisiones, decía que “…la abundancia de información crea escasez de atención”. Para la neurociencia la atención es tan estrecha como el ojo de una cerradura, expresión que precisamente hace referencia a que la atención es selectiva, secuencial y excluyente.

La atención es selectiva porque escoge a qué prestar atención, se produce un estado de arrobamiento en los estados de atención intensos como sugería William James. De hecho, un estudio realizado 2010 por la Universidad de Harvard con 2,250 hombres y mujeres descubrió que las actividades que demandaban mayor concentración eran hacer el amor, el entrenamiento físico, la conversación y el juego (¿en dónde quedó el trabajo?) y curiosamente, las personas son más felices cuando están involucradas totalmente en lo que hacen, lo que Martin Seligman llama engagement, uno de los elementos para una vida de bienestar. No hay engagement si la atención no se pone a su servicio.

La atención es secuencial, es decir, no podemos atender dos cosas simultáneamente, para concentrarnos en algo debemos pasar de una cosa a otra. O escucho a mi hijo contarme el problema que tuvo en el colegio o atiendo los mensajes de texto que llegan a mi celular.

La atención es excluyente, cuando atiendo a algo, todo lo demás queda fuera de mi foco atencional.

Estas características de la atención la convierten en una herramienta fundamental para el bienestar personal. De acuerdo con Goleman, más del 50% del tiempo la mente divaga de un pensamiento a otro, de manera errática, casi siempre en temas que pueden ser objeto de preocupación. La consciencia de este proceso nos permite pasar del mero acto de rumiación, cuyo efecto es totalmente perjudicial, a uno en donde podemos gestionar desde la creatividad y la atención enfocada hacia la gestación de soluciones adecuadas.

La atención, igual que el corazón (como dice la letra de una canción de Calamaro) es un músculo que necesita acción, pero principalmente gestión.

El escenario 2.0 no propicia la atención, al contrario, nos dispersa y a las nuevas generaciones les roba la oportunidad de relacionarse con otros, es decir, prestar atención a los demás, compartir con otros; en suma, les  priva de las experiencias de contacto que permiten al cerebro construir el cableado de la empatía, de la sociabilidad y de la emocionalidad; en palabras del mismo Goleman de la llamada “atención a los demás” sin la cual vamos ciegos es un mundo que lo que más demanda es tolerancia y afecto; ojos que no ven (que no prestan atención), corazón que no siente. Es necesario, por todo lo dicho, disponer de espacios de desconexión, crear entornos en donde dejemos de mirar una pantalla y volteemos a mirarnos a los ojos, momentos en donde seamos capaces de conectarnos intensamente con el ahora, a través de la meditación en sus distintas formas, deteniendo a la mente, que es, como dicen los budistas, como un mono saltando de un lugar a otro, pero entendiendo además que dicho proceso aleatorio no está demás, pues es un caldero de nuevas ideas y soluciones cuando aprendemos a escuchar.