El caso Odebrecht y los recientes testimonios que involucran en este terrible caso de corrupción a personajes de los niveles más altos de la política y el mundo empresarial, nos invitan infortunadamente a hacer una reflexión acerca de las condiciones éticas que deben cumplir las personas que tienen bajo su responsabilidad conducir a un país entero hacia un mejor futuro para su población, tan carente ya de recursos económicos, y con grandes necesidades por servicios de salud y de educación. No deja de sorprendernos el comportamiento de aquel que delinque pese a su educación formal, su condición económica y el éxito profesional alcanzado; aspectos que no serían suficientes para colmar o ser freno a la ambición económica al punto de no considerar el perjuicio que causa a una nación entera.

¿Cuáles pueden ser los motivadores o las razones que impulsan un comportamiento de esta naturaleza?

Siendo personas que tienen colmadas sus necesidades materiales, y visto desde la mirada de la neurociencia, la ambición desmedida que los impulsa a caer en estos actos de corrupción debería obedecer a factores puramente utilitarios, es decir, el comportamiento de esta naturaleza refleja una “débil conexión” del delincuente con su lado emocional, el cual sometido por este “poder” acaba siendo seducido y dispuesto a traicionar los principios, juramentos y demás contenidos cognitivos que haya podido en algún momento tener como bandera.

Imagina la siguiente situación, un vagón de tren fuera de control, dirigiéndose directamente a un grupo de trabajadores que morirán si nadie hace nada. Tú estás parado en un puente que está sobre el vagón, cerca de un sujeto, cuyo peso y tamaño podrían detener el vagón antes que atropelle a los trabajadores, la pregunta es ¿empujarías al sujeto salvando la vida de los trabajadores?*

La mayoría de personas responden que no lo harían a pesar que desde un punto de vista puramente utilitario significaría optar por el mal menor; sin embargo, aquellos individuos con daño en la corteza prefrontal ventromedial del cerebro, tienen muchísimo menos reparo en responder que sí tomarían la decisión de empujar al extraño parado en el puente, y lo dicen de esa manera debido a la ausencia o incapacidad para experimentar emociones como la compasión como ha sido demostrado por investigaciones realizadas por la Universidad de Harvard, Caltech y la Universidad de Iowa. Estos estudios muestran que las emociones y la capacidad humana para experimentarlas tienen una relevancia fundamental en los juicios morales o dilemas éticos, siendo estos últimos por ende no solo materia de la educación o reglas culturales, sino que los seres humanos estamos neurológicamente diseñados o preparados para no actuar únicamente con fines utilitarios, sino que nuestro sistema nervioso nos ha dotado de la capacidad para sentir al otro y actuar en concordancia con ello dentro de un complejo sistema que incluye el cerebro límbico, las neuronas espejo y el área ejecutiva; interactuando en conjunto con diversas zonas de este increíble órgano que es el cerebro humano. En otras palabras, para decidir de manera efectiva y moral, los seres humanos necesitamos sentir emociones.

Es así, que desde el punto de vista de la neurociencia y la psicología positiva, la ética y el comportamiento humano se deben en gran parte a la biología no dependiendo únicamente de normas, principios, valores o dogmas religiosos y aspecto relacionados con la cultura que son aprendidos y parte del proceso de socialización; sino que el comportamiento ético depende también de un adecuado funcionamiento y comunicación de ciertas áreas cerebrales que cuando son dañadas, llevan al ser humano a actuar con frialdad e insensibilidad, siendo poco perceptivos al dolor que puedan causar a otros seres humanos. Por otro lado, y he aquí lo que corresponde al mundo del aprendizaje, el cerebro límbico y ganglios basales, ejes centrales de las emociones, son mucho más difíciles de modificar o dicho en otros términos, cuesta mucho más desaprender para luego aprender, por lo cual los comportamientos y conductas que no consideren el impacto y consecuencia en otras personas; sin un esfuerzo importante, difícilmente cambiarán. Así, además de los casos relacionados con un mal funcionamiento de ciertas áreas del cerebro, lo que es claro, es que en la mayoría de situaciones las personas con un comportamiento delictivo o corrupto no han aprendido a experimentar emociones como la compasión y consideración por los demás; pasando, la aparente claridad intelectual o cognitiva a un segundo plano cuando de dilemas éticos se trata. Es por ello que la educación no solo debe ser intelectual, sino que debe ser en primer lugar emocional, aspecto que el sistema educativo actual no considera ya que los paradigmas educativos hablan de analfabetismo tradicional más no de analfabetismo emocional.

Las emociones han cumplido un rol fundamental en la evolución humana, y las “emociones superiores” como el amor y la compasión son el núcleo de la cooperación, la forma más avanzada de convivencia. Lo curioso es que la información para elegir a los gobernantes la tenemos casi siempre a la mano, en el caso del personaje político más notorio con el caso Odebrecht, los electores sabíamos que no había tenido el más mínimo reparo en negar a su hija, ¿es que necesitábamos de alguna evidencia más clara para darnos cuenta de su poca capacidad para experimentar emociones como la compasión, el amor o en último de los casos vergüenza y que cuenten en sus decisiones?


* Ejemplo tomado del artículo Moral Judgment Fails Without Feelings, University of Southern California.

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