Words

 

Tenía diecisiete años, estaba en el primer año de la facultad de Ciencias y Filosofía de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, clase de lengua con el profesor Luis León Herrera, quien hablando sobre el poder de las palabras mencionaba que Roque Barcia, el gran sinonimista andaluz, solía decir que podía “matar” con una palabra.

La palabra,  don especial del ser humano; “…especie de jeroglífico cuyo misterio se llama idea, como la idea es otro jeroglífico cuyo misterio se llama espíritu, como el espíritu es otro jeroglífico cuyo misterio se llama Dios” dice Barcia en su diccionario de Sinónimos Castellanos.

La palabra, para adentro o para afuera, dicha en voz alta o en voz baja crea realidades, da fuerza, mueve a las personas, estimula, empuja o en algunos casos desmotiva.

La palabra hecha pregunta encamina nuestro enfoque, orienta nuestra mirada, lleva el raciocinio al espacio en donde pondrá luz, como una chispa que puede iniciar un gran fuego.

La palabra nos lleva a la emoción, nos mueve y nos conmueve. La palabra es el vínculo entre nuestros pensamientos y sentimientos, la amalgama con nosotros mismos y las demás personas.

Hasta aquí alguien podría decir que esta descripción es romántica y poética, sin embargo, el poder de la palabra es real. Tan real como el efecto de toda creencia que se logra instalar en la mente de un ser humano a través del lenguaje y de la interpretación de las experiencias.

Hemos escuchado que los monjes tibetanos utilizan mantras. Los mantras son sonidos y palabras en las que cada sílaba está impregnada de un poder espiritual. La definición de mantra es “aquello protege la mente”, y tiene como fin la protección frente a la negatividad, la cual en muchas ocasiones la generamos nosotros mismos. Dicen los tibetanos que la mente en su estado natural es como un lago en calma, se puede apreciar el fondo. Las aguas turbulentas por el contrario no nos permiten ver con claridad; así, una persona alterada no podrá tomar decisiones ni actuar con sabiduría.

Las palabras, aquellas cargadas de negatividad pueden activar nuestra amígdala, concretamente el centro de la ansiedad, desatando una corriente hormonal que nos lleve a cuadros de estrés negativo de importantes consecuencias en nuestra salud. Por otro lado, las palabras de afecto y confianza nos empujan a sacar los mejor de nosotros. En 1968, Robert Rosenthal de la Universidad de Harvard demostró que las expectativas positivas sobre las personas, el trato cercano y la calidad de retroalimentación conducen a los seres humanos a un rendimiento sobresaliente, es el llamado efecto Pigmalión. Es claro que para lograr este efecto el uso de la palabra cumple un papel fundamental. Dicho sea de paso, el efecto Pigmalión negativo también existe y tiene como responsable al trato mezquino derivado de una baja expectativa en la persona.

Sabemos actualmente, gracias al avance de la neurociencia, que cuando una persona vive ilusionada y con un estado de ánimo positivo, la zona prefrontal del cerebro recibe más irrigación sanguínea favoreciendo la formación de las llamadas espinas dendríticas de Cajal, se incrementa además la neurogénesis en el hipocampo, es decir, incentivamos el establecimiento de nuevas redes neuronales aumentando nuestra inteligencia.

Dice un adagio árabe “habla cuando tus palabras sean más dulces que el silencio”, de esta manera, el entusiasmo, la ilusión y la confianza en uno mismo tienen como insumos fundamentales un diálogo interno positivo y las palabras de aliento y confianza de quienes están cerca de nosotros ¡Qué importante son estas variables en la vida laboral, familiar, educativa y social!

Es vital reconocer entonces que tomar consciencia de las palabras que usamos, evitando en lo posible que estas surjan de un proceso automático, será clave en el fomento del desarrollo de las personas.

Nos decía Goethe: “Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe llegar a ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”. Empecemos desde hoy.

 


 

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