Cada año terminan el colegio miles de adolescentes. Muchos optan por la universidad, algunos por carreras técnicas, y otros por trabajar. Todos con muchos talentos, pero no con talentos para todo.

En 2014, un estudio realizado por el economista Gustavo Yamada concluyó que el 60% de los egresados universitarios cambiaría de carrera o institución formativa si tuvieran la oportunidad de hacerlo, manifestando su arrepentimiento por haber elegido dichas opciones educativas.

“Más personas mueren el lunes por la mañana, a las 9:00 que en cualquier otro momento” dice Jon Gordon en su libro “El bus de la energía”, refiriéndose a la falta de entusiasmo e ilusión que muchas personas experimentan, y a la sensación de no poder generar un cambio en la dirección que ellas quisieran.

¿Cuántos niños y jóvenes terminan el colegio descubriendo sus verdaderos talentos? ¿Cuántos se han sentido verdaderamente inspirados y conectados con su propia grandeza? ¿Cuántos aprendieron a competir pero no a cooperar?

Hemos sido niños, pasamos muchas horas en el colegio. Empezamos a trabajar, y posiblemente hayamos formado una familia. Sino aprendemos a vivir desde lo mejor que podemos dar a los demás, sino vivimos desde nuestro lado luminoso, difícilmente nos acercaremos al tan ansiado bienestar.

Aquellas limitaciones que experimentamos como sociedad son un reflejo de nuestras limitaciones como individuos. De igual manera, los espacios de equilibrio, son muestra de lo que si funciona en cada uno de nosotros. No hay persona sin recursos, existen personas que desconocen sus recursos y también aquellas que han desaprendido a confiar en sus fortalezas. Descubrir y volver a aprender es entonces una cuestión importante y urgente, y colegio es un lugar ideal para desvelar las fortalezas de niños y jóvenes.

Conocer las fortalezas y talentos tiene un fin vocacional y laboral, además, la autoconsciencia y aplicación de las mismas nos llevan a experimentar mayor satisfacción con nosotros mismos. La psicología positiva ha demostrado que un estado de ánimo positivo facilita el proceso de atención, el pensamiento creativo y el pensamiento holístico los que en un contexto cambiante, desafiante e incierto como el actual, son fundamentales.

Nuestra capacidad de autodeterminación, y la satisfacción de nuestras necesidades de aceptación, seguridad y búsqueda de sentido se facilitan a partir de la puesta en práctica de nuestras fortalezas; es por esto muy importante empezar a hacerlo desde pequeños, y en ello tanto padres como maestros podemos ayudar muchísimo, empezando por descubrir cuáles son las nuestras.

Mario A. Puig nos recuerda que “educar quiere decir sacar de adentro y no meter de afuera, no somos cubos vacíos que hay que llenar, somos fuego que hay que encender”; ¡qué enormes podemos llegar a ser para aquellos que diariamente nos escuchan!, y qué privilegio ser escuchados, enorme responsabilidad en casa y en la escuela; privilegio que debemos ganarnos día a día con nuestra capacidad para auto liderarnos y mejorar continuamente. Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de medicina en 1906, intuyendo algo que en su época no era posible observar pero que hoy en día sabemos, decía “todo hombre si se lo propone puede ser escultor de su propio cerebro”, y es que no hay nada más dúctil y plástico que el cerebro humano; podemos instaurar nuevos hábitos, llevándonos a distintos comportamientos y por ende diferentes resultados.

La aplicación de nuestras fortalezas nos permite experimentar emociones positivas, y estas nos llevan a un círculo virtuoso de emoción – pensamiento –acción favoreciendo la “ampliación y construcción” de nuevos recursos (teoría broaden a build de Barbara Fredickson); así por ejemplo; Claudio Ibañez, psicólogo chileno nos recuerda que el interés y la curiosidad inducen al comportamiento exploratorio y a la apertura a nuevas ideas, experiencias y acciones, favoreciendo la acumulación de conocimientos útiles para el futuro. El amor, por ejemplo, nos inspira una serie de interacciones con los seres amados y el desarrollo de habilidades sociales de enorme trascendencia.

Finalmente quiero compartir contigo una historia inspiradora. Había un niño llamado Ben, quien creció en difíciles circunstancias. Ben Vivía en Detroit, ciudad violenta y peligrosa. Su padre los abandonó, dedicándose a las drogas y al alcohol; su madre, Sonya, tenía escasa formación (solo llegó al tercer grado de primaria) y debía trabajar varias horas al día limpiando casas para mantener a sus hijos. Ben, que fue etiquetado como el más tonto de la clase, tuvo además comportamientos agresivos y violentos, llegando a atacar con un cuchillo a uno de sus compañeros; y sin embargo, y a pesar de esta adversidad, fue capaz de experimentar una profunda transformación llevándolo ser el número 1 en su salón, a ganar una beca en Yale y a ser elegido como el mejor neurocirujano infantil del mundo, esta es la historia del doctor Ben Carson. ¿Cómo es posible este cambio? ¿Qué fortalezas obraron en él para experimentar esta metamorfosis? ¿Quiénes creyendo en él, le ayudaron a tener fe y pasión en sus propios recursos? Fortalezas como la perseverancia, la valentía, la curiosidad, la pasión por el aprendizaje y el entusiasmo, estaban en el pequeño Ben esperando a ser puestas en marcha. Nos dice Richard Bach, “un diminuto cambio hoy nos lleva a un mañana dramáticamente distinto. Hay grandiosas recompensas para quienes escogen las rutas altas y difíciles, pero esas recompensas están ocultas por años”. Descubramos y confiemos en nuestras fortalezas, ayudemos a los más pequeños a hacerlo también, y aunque no podemos dirigir el viento, recordemos que siempre podemos orientar las velas.

Artículo escrito por Jorge Aurich publicado en la revista Antesala en agosto 2017.


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