Tiempo quemandose

 

Dicen que el tiempo es dinero; se equivocan, el tiempo es vida.

Esta semana murió una amiga mía. Ella tenía 40 años. No podía dejar de pensar en lo frágil que es nuestra condición. Hoy estamos. Mañana, en cualquier momento partiremos.

Pensaba en lo que dejaremos al morir. Dejaremos recuerdos. Pensar en la muerte me recuerda lo importante; lo que es realmente importante. Algunas veces vivimos como seres inmortales.

Reconocer la muerte me hace grato con mi estado de salud y lo privilegiado que soy al poder tener cerca de quienes amo. Paradójicamente, la muerte me devuelve a la vida.

Pensaba en el tiempo. En que realmente es lo que decidamos que este sea. Lo que hago, el cambio que provoco, aquello que comparto. El tiempo es valioso porque es la oportunidad de transformar, de crear, de hacer, de dar, de darnos. El tiempo, es el patrimonio más valioso que tenemos.

Pensaba en la familia que no está cerca, en mis hijos que cada día crecen. En mí y en mis canas, mis nuevas arrugas. En los amigos que no veo hace mucho tiempo, por la distancia, y también en aquellos que no veo porque mi agenda centrada en lo que llamamos “importante” no me deja. Quizá mañana, quizá mañana sea muy tarde. Decía Séneca “…el mayor estorbo del vivir es la expectativa que depende del mañana y pierde lo de hoy”

Recordaba mi niñez, hace ya tanto tiempo que no sé adónde fue.

Nos dice Bronnie Ware que las lamentaciones más comunes entre las personas moribundas son:

  • Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que otros esperaban que hiciera.
  • Ojalá no hubiera trabajado tanto.
  • Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía.
  • Habría querido volver a tener contacto con mis amigos.
  • Me hubiera gustado ser feliz.

Pensaba en lo importante que es aprender a vivir, como si para aprender a vivir primero tuviéramos que aprender a morir.

Aquello que parece importante deja de serlo con lo muerte. De pronto comprendemos que lo más valioso puede estar muy cerca de nosotros. Que la ansiada felicidad quizá esté en este momento allí a tu lado. Cuando nos damos cuenta que nos “creamos” en cada acto que realizamos, pues somos lo que hacemos y pensamos cada día.

Abrazos, palabras de generoso amor y afecto, conversar con los amigos, escuchar música, jugar a las cosquillas con tus hijos, viajar, tomar una copa de vino, amar a tu pareja. Es curioso, pero solo nos llevamos aquello que dejamos, lo que no podemos coger con las manos; porque lo realmente importante se impregna en el corazón, por siempre. Dice George Sand que “el intelecto busca, pero es el corazón quien halla”.

Aquella voz, esa forma de mirar, el calor del alma amorosa que recordaremos por siempre. Somos magia dentro de esta realidad maravillosa que se llama cuerpo. Y la vida, como la vemos, es solo eso, un estado temporal, una expresión de la única inteligencia posible, aquella en la que perduraremos eternamente, tan solo hay que creer.


 

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