La amígdala en el puesto de trabajo

Aquel email que enviaste, y que luego de cinco minutos con la cabeza fría te arrepentiste de haber hecho “click” en el botón enviar. El enfado y la palabra ofensiva que usaste con aquella persona que bajo tu criterio no cumplió con el estándar de servicio al que estás acostumbrado. O quizá, la forma poco cortés que decidiste (o mejor dicho no fuiste capaz de evitar) emplear para corregir el error de alguno de tus colaboradores. Un largo sinfín de situaciones laborales y personales, todas ellas  en las que dejaste salir tu lado primitivo; o, en la jerga de la inteligencia emocional, momentos en los que, literalmente,  fuiste secuestrado por tu amígdala.

Las amígdalas; si, son dos; y no me refiero a las que tenemos en nuestra cavidad bucal; son pequeñas glándulas en forma de almendra (de hecho la palabra amígdala en griego significa almendra) están ubicadas en nuestro cerebro medio, en el cerebro límbico,  también llamado cerebro emocional, y son responsables del miedo, la angustia, desesperación y la ira.

La amígdala tiene un enorme poder. Fue (y sigue siéndolo) un radar fundamental para detectar posibles amenazas, riesgos o situaciones de peligro y nos permite poner en marcha muy rápidamente un plan de acción para mantenernos a salvo. El trabajo principal del cerebro es asegurar nuestra supervivencia y en ciertos contextos nuestra súper amígdala estará lista para ayudarnos.

El problema con esta pequeña glándula es precisamente su poder, una gran activación amigdalina puede tomar el completo control de las otras regiones del cerebro, literalmente somos secuestrados y aquellas zonas responsables del pensamiento superior se ven anuladas, se produce un enfoque completo de la atención en el objeto o situación que nos resulta amenazante, llevándonos en muchos casos a tener comportamientos de los cuales luego nos arrepentimos. Lo más crítico de estas situaciones es que provocan el mismo efecto que una gota de tinta que cae sobre un vaso con agua, tiñe totalmente el agua; lo mismo ocurre con nuestra claridad mental frente a escenarios, laborales y de la vida diaria en los que verdaderamente no tenemos ningún riesgo físico.

¿Cuáles son las principales situaciones laborales que activan la amígdala?

Falta de respeto, trato injusto, sentirnos poco valorados, no ser escuchados, calendarios poco realistas.

¿Qué escenarios de negocio y de empresa  desafían nuestra estabilidad emocional?

Colaboradores y compañeros tóxicos, jefes prepotentes, metas poco realistas, colaboradores poco comprometidos, despidos masivos, clientes “difíciles”. Definitivamente, algunos de estos escenarios nos llevan a cuestionarnos acerca de nuestra permanencia en dichos entornos y para ello necesitamos la claridad proveniente únicamente de un estado mental lúcido y calmo.

Es muy importante por tanto, mantener nuestra amígdala bajo control. A continuación te propongo 3 ideas para una mejor autorregulación emocional, tan importante y necesaria en el contexto laboral.

#01 Inventario emocional personal.- Debemos reconocer la calidad de nuestro clima emocional, esto tiene que ver con la proporcionalidad de emociones positivas versus emociones negativas. Las emociones negativas inundan nuestro organismo con hormonas que se quedan por un buen tiempo en el torrente sanguíneo, por esto, un mal día de trabajo muchas veces se prolonga fuera del horario de trabajo. Reconocer el inventario emocional es como tomar una radiografía de nuestras emociones. El primer paso para corregir la situación.

#02 Fortalecer las emociones positivas.- Las emociones positivas desplazan a las negativas, son opuestas, y tienen el poder de favorecer el ejercicio de nuestras funciones superiores. Su vivencia depende de hábitos adecuados y relaciones afectivas positivas con otras personas. Uno de los mayores estudios realizado a lo largo de más de 75 años por la Universidad de Harvard mostró que uno de los mayores generadores de felicidad son las relaciones humanas armoniosas.

#03 Aprender a respirar.- Las respiraciones profundas, con exhalaciones más prolongadas que las inhalaciones, activan el sistema nervioso parasimpático provocando en nosotros mayor tranquilidad. Al favorecerse el movimiento del diafragma, músculo que está en la base de los pulmones y que permite los movimientos respiratorios; se provoca la secreción de serotonina que favorece nuestra sensación de bienestar.

Que la amígdala no te tenga a ti depende de ti. El éxito laboral depende en gran medida de la gestión de esta pequeña pero poderosa glándula.


 

Imagen gracias a Pixabay.