La sobrina de Carmen

Elie Wiesel, escritor judío sobreviviente de los campos de concentración nazi, premio Nobel de la Paz en 1,986; describió cómo le afectó el presenciar la ejecución de un niño en la horca. Los de la SS juntaron a los prisioneros enfrente de la horca. Mientras el niño moría lentamente (por lo liviano de su peso), un prisionero gritó: “¿Dónde está Dios ahora?” Dice Wiesel: “Y oí una voz dentro de mí contestarle: ‘¿Dónde está? Aquí está… colgado de esta horca.

La mayor crisis de un ser humano quizá sea convertirse en un mero espectador de lo que le rodea y de él mismo.

La indiferencia, el peor estado de la libertad para Descartes; El homo spectator; el que observa y se limita a mirar desde detrás del vidrio, esperando que alguien haga algo, que pase algo, creyendo quizá en que lo que él pueda hacer sea muy poco o quizá no tenga esperanza, o tal vez, no sepa cómo ayudar, cómo ayudarse a sí mismo.

La indiferencia, es no emplear el poder transformador del cual estamos dotados por ser conscientes de nuestra propia energía. El yo que nos permite entender que hay un ahora y también un mañana, al cual podemos dar forma.

La indiferencia es anular al homo faber, el “hombre que hace” y se hace a sí mismo. Cada hombre es lo que hace y produce decía Séneca, “constrúyete a ti mismo”; sin embargo, este hacer y construir del hombre, cuando es ajeno al otro, crea desequilibrios. Requiere de nuestra parte ir con inteligencia, de intus legere, que quiere decir mirar en el interior, contemplar lo profundo; el espacio infinito al que se accede desde la contemplación, la autoconsciencia, a partir de la escucha de nuestro corazón dirían algunos, comunicar la redes subcorticales con el neocórtex diría Goleman; las razones del corazón que la razón no entiende de Pascal. Es desde esta visión que surge el amor, entendido como la acción inteligente, transformadora y respetuosa del otro, comprensiva del sufrimiento existente y responsable de provocar un cambio. El homo amans.

Jim Clifton de la Gallup publicó hace unos días un artículo titulado “Everybody needs a coach”, en donde hacía un comentario interesante y me llevaba a reflexionar sobre la enorme capacidad para provocar un cambio en el planeta entero; y es que somos más de 7 mil millones de personas en el mundo, hace 100 años no pasábamos de 2 mil millones. Nuestra capacidad de generar un cambio es enorme, somos energía pura en estado potencial; pero necesitamos recurrir a nuestras fortalezas como única vía para generar el cambio personal que provocará un efecto dominó en nuestro entorno completo.

Siempre podemos hacer, los medios están disponibles como nunca antes.

Hace muy poco, ayer para ser exacto, mi amiga Carmen, a través de su cuenta personal de Facebook pidió apoyo para donar una vivienda apropiada a una familia de muy escasos recursos en la zona rural de Puno y que puedan pasar en mejores condiciones el frío invierno. Cada uno debía donar S/.100 (unos 30 dólares). Se necesitan 50 personas para lograr el objetivo, en este momento, 1 días después, hay 38 personas que desean colaborar. Estoy seguro que lo lograrán. Lo más interesante, es que la iniciativa surgió de la creatividad e inteligencia social de una sobrina suya; es decir, la creatividad al servicio de la sensibilidad; una fortaleza puesta al servicio de otras personas ¿Cuánta ayuda podríamos ser capaces de brindar si nos conectamos con los demás dejando de limitarnos por creer que es poco lo que podemos hacer y más bien ponemos nuestras fortalezas en marcha?

Sabemos por la psicología positiva que las 24 fortalezas del ser humano son omnipresentes en todas las regiones, culturas y razas por los diversos estudios realizados en el mundo entero. El arquetipo humano nos habla del hombre como realidad y posibilidad. Nos habla de un mundo mejor; un mundo en el cual el límite de mi actuar sea aquel en donde toco la fibra del dolor de alguna otra existencia en este planeta y a la vez el inicio de un cambio al notar ese sufrimiento. Un mundo en el que lo primero que enseñemos a los niños sea el amor y respeto por nuestra casa, la Tierra y todo lo que en ella habita. Leí hace poco una frase que resume lo dicho hasta ahora: “si pudiéramos oírnos unos a otros en nuestras plegarias, aliviaríamos a Dios una gran parte de su carga”.


 

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