No se necesita mucha luz para eliminar por completo la oscuridad

Había un hombre que se encontraba en una habitación oscura, muy oscura. Se sentía paralizado, aterrorizado, sentía que no podía moverse por temor a golpearse, caer o encontrarse con algo que no le iba a gustar. No podía ver que había en el interior de la habitación, todo estaba muy oscuro, no sabía de qué se estaba perdiendo, no veía los colores, las formas y todo lo bueno que había adentro. Estaba encerrado, sin saber adónde o qué hacer, y esto lo estaba llevando a perderse del maravilloso día soleado que hacía afuera, del perfume de las flores, del canto de los pájaros, de la brisa, de los demás seres humanos, aunque él no lo sabía, o mejor, no lo recordaba. Lo curioso es que las paredes de la habitación tenían muchas ventanas, de diversos tamaños, unas pequeñitas, otras más grandes, unas al lado derecho de donde estaba el hombre, otras hacia su lado izquierdo, pero él no podía verlas y no lograba palparlas porque su miedo se lo impedía. El hombre no quería dar el primer paso, el miedo lo frenaba, sin embargo, él sabía que la única forma de vencer la oscuridad era arriesgándose, así, estiró el brazo con cuidado y se topó con el seguro de una pequeña ventanita, era tan pequeña que no le prestó mucha importancia – por esta pequeña ventana no podré salir, ¿para qué abrirla? – se dijo a sí mismo. Sin embargo, reflexionó, y al cabo de un momento, dándose cuenta que había dado un primer paso venciendo su miedo, se animó a jalar del frío pestillo, y de pronto, vio como entró un precioso rayo de luz que iluminó otras ventanas y pudo caminar hacia ellas y abrirlas, y una a una iban iluminando la habitación, pudo ver todo lo bueno que había en el interior, todo aquello de lo cual se había estado perdiendo y sintió que el aire entró en la habitación, pudo respirar y disfrutar del aroma del día, terminó de abrir todas las ventanas y se sintió dichoso, se sintió libre de sus miedos. Finalmente pudo encontrar la llave de la habitación, que ya no estaba oscura, abrió la puerta y a partir de ese día pudo entrar y salir, pudo ser libre.

Así como el hombre de la metáfora, muchas veces, en algún momento de nuestras vidas, o quizás ahora, nos sentimos perdidos, sin ánimo, paralizados. Recuerda que los recursos están en ti, y si no los tienes, alguien los tiene; atrévete a abrir esa ventana pequeñita, esa ventana que si logras abrirla te dará la luz para que abras las demás, las más grandes, tu vida se ilumine y seas libre.