Ralph Waldo Emerson decía “lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices” frase de tanta vigencia en el mundo organizacional para bien y para mal en muchas ocasiones.

Líderes que se quedan sin equipos, organizaciones con altas tasas de deserción, gerentes y jefes desprestigiados al interior de sus equipos por su falta de integridad; comportamientos que terminan cercenando la confianza (ver artículo “confianza y liderazgo”), la identificación y finalmente el compromiso con la organización por parte de los colaboradores; ocurre muchas que hay mucho cargo y poco líder por parte de quien ostenta el poder.

Equipos armados con la experiencia, el conocimiento y el capital psicológico apropiados para proponer y ejecutar las mejores estrategias se ven desarticulados por la falta de un liderazgo efectivo. Las cifras de Gallup hablan de hasta un 87% de colaboradores que no están comprometidos con sus empresas, esta cifra tan elevada lleva a pensar en una profunda crisis de liderazgo, en donde el líder se vuelve prácticamente una figura mitológica, muy mencionada, pero pocas veces vista.

¿Será que estas cifras alarmantes de falta de compromiso son consecuencia de una ausencia de líderes? ¿Qué hace falta para ser un líder?

Si escribimos la palabra líder en google, obtendremos cerca de 182 millones de resultados. Se han escrito miles de artículos, libros, papers y dictado conferencias y cursos acerca de este tema. Existen diversos enfoques y teorías; es casi como teorizar acerca del ser humano; y es que antes que líderes somos personas. Esta es la complejidad del tema.

Líder es aquel al que yo decido seguir, aquel en el que yo confío, al que yo le creo, aquella persona que sé no me va a mentir. Líder es aquella persona que decido escuchar desde la invitación a ser más grandes en el camino que me propone recorrer juntos compartiendo un objetivo común. El líder me convence a partir de la belleza de una visión propuesta; el líder es una persona especialmente congruente.

Primero la persona, luego el líder. El liderazgo será así una consecuencia natural. Es difícil enseñar el liderazgo ya que la capacidad de comunicación con lo liderados se crea únicamente a partir de aspectos cognitivos, sino más bien emocionales; y estos mecanismos están asentados en las zonas profundas del cerebro límbico, cuyos circuitos son difíciles de cambiar sin un reaprendizaje de hábitos.

El líder requiere ser especialmente hábil en la generación de relaciones poderosas con sus colaboradores basadas en el principio del servicio al otro. Liderar es gestionar voluntades, implica escuchar, motivar y entusiasmar; ser capaz de convertirse en objeto de emociones positivas en el equipo, conocerlo, ya que como dice el ex entrenador de fútbol argentino, Jorge Valdano, el verbo motivar se conjuga diferente en cada ser humano; y es así que para ser un buen líder es necesario recorrer primero el camino de una gran persona. Lo decía ya Dee Hock, fundador y presidente de Visa International decía acertadamente, “si no entiendes que trabajas para tus – mal llamados – subordinados, no conoces nada del liderazgo, solo conoces la tiranía”.

Si tienes la menuda tarea de conducir personas debes saber que eres quien marca el clima emocional del equipo, el cual te tomará la temperatura y finalmente conseguirás afectar su ritmo. La primera labor del líder es estar sintonizado con emociones positivas y entusiasmo; lo cual es ya todo un reto en un contexto de incertidumbre y cambio (ver el artículo “el líder lidera primero su interior”). En segundo término ser un especialista en el arte de conversar exitosamente, lo que lleva a persuadir. Finalmente, pero no por ello menos relevante, el líder deberá ser capaz de crear una visión motivante, de aquellas que nos mantienen en marcha, el hacia dónde resulta ser el eje que articulará inteligencias y voluntades en un fin común. Es así que el liderazgo es un tema difícil, en parte genético en parte aprendido, quién sabe con exactitud; lo que es verdad a todas luces es que antes de ser un gran líder, es necesario primero ser una gran persona.


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