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Algunas personas me preguntan cómo es posible ser optimista en el mundo en que vivimos, con la violencia, el egoísmo, la indiferencia, las injusticias y demás situaciones negativas; y la verdad no resulta fácil convencerlas de que a pesar de estas dificultades que nadie niega, la mejor posición será siempre la de nunca perder el optimismo y la esperanza; es decir, ser parte de la solución y no del problema.

Mark Stevenson, escritor británico, nos habla del optimismo pragmático; y lo plantea como un deber inexcusable, como la responsabilidad de hacer lo que esté a nuestro alcance para caminar hacia un mundo mejor; sino es así, estaremos condenados y condenando a las futuras generaciones  a seguir viviendo en un mundo con muchas limitaciones. Stevenson nos recuerda que somos lo que hacemos y no lo que  tenemos intención de hacer, el optimismo se vuelve así algo imperativo.

Martin Seligman y otros destacados psicólogos como Donald Clifton (Gallup) Ed Diener (Illinois), George Vaillant (Harvard) entre otros, desarrollaron el  proyecto VIA (Values in Action) y encontraron 6 virtudes ubicuas; es decir, virtudes que se encuentran a lo largo y ancho del planeta y cuyo hallazgo representa uno de los temas centrales en el campo de la psicología positiva. Dichas virtudes se expresan a través de comportamientos específicos convirtiéndose en fortalezas, y una de estas (son 24 en total) es el optimismo.

Para Seligman, el optimismo tiene que ver con el estilo explicativo de las personas, es decir, la forma en que nos explicamos las cosas, nuestra forma de pensar. Así, un optimista encontrará causas temporales y específicas para la adversidad, mientras que hallará causas permanentes y universales para los eventos favorables. Los pesimistas por el contrario, tienen un estilo totalmente opuesto; es decir, hallarán causas permanentes y universales para la adversidad y causas temporales y específicas para los eventos positivos. Se trata en suma de las creencias de las personas que terminan convirtiéndose en estilos inconscientes de explicar la realidad.

El efecto del pesimismo es  la inacción, derivada del convencimiento que no se tiene ningún impacto en la situación. El pesimista termina siendo un sujeto pasivo, cayendo muchas veces en la queja, el lamento, el victimismo y la fatalidad; fugas de energía que no conducen a resultados favorables. El pesimista tiene mucha probabilidad de ser presa de la depresión.

Los optimistas viven mejor. Al pensar que pueden influir sobre la realidad harán todo por generar un impacto, se terminan convirtiendo en protagonistas de sus resultados. Son personas que gozan de una mejor salud física y mental, son más productivos, disfrutan de la vida y viven más, en suma son más felices.

Llegados a este punto, resulta claro que para tener una vida mejor, hay que esforzarse por ser mejores; cultivar el optimismo tiene que ver con conocer primero nuestro estilo actual de pensamiento, tomar consciencia del estado actual y trabajar luego sobre aquello que nos limita.

¿Y tú, eres optimista o pesimista?, si aún no lo sabes, te invito a descubrirlo completando el test que está en esta misma web. Gestionemos y cambiemos aquello sobre lo que tenemos control; como diría Víctor Küppers hagamos algo con los 2 metros cuadrados que ocupamos, no podemos cambiar el mundo de un plumazo, pero haremos bastante si miramos el futuro con esperanza y sobre todo si decidimos con optimismo e influencia sobre lo que está a nuestro alcance. Ya lo decía bien Gandhi, “sé el cambio que quieres ver en el mundo”.


 

Imagen gracias a Pixabay