En alguna clase, aunque no recuerdo de que curso, probablemente de filosofía; un profesor nos invitó a pensar, a partir de Descartes, que la indiferencia era el peor estado de la libertad humana. Han pasado los años y creo con más convicción en la verdad que contiene dicha frase. Y es que la indiferencia para con el otro es una constante que golpea con rudeza la esperanza puesta en lo que de humanos tenemos; que lleva a algunos escritores como Pérez-Reverte a decir que “el ser humano es, ante todo y en líneas generales, un hijo de puta”; indiferencia que en cierta forma lleva a dar cabida y aceptar como dogma la llamada ley de Pareto, para explicar cómo es que distribuyen beneficios y riqueza entre pocos y dejando naderías a muchos; y es que las noticias de falta de humanidad pueblan las páginas de noticias de internet y cualquier noticiero.

En el mundo de la empresa este comportamiento tampoco es extraño. Pilar Jericó nos recuerda que la brecha salarial entre la persona que más gana y la que menos puede ser un abismo tan profundo que si reviviera Platón, quien en La República proponía que dicha desigualdad no sea mayor a cinco veces, seguramente moriría de indignación de inmediato. Sin embargo, la indiferencia no solo tiene un tinte económico, la indiferencia mayor en las empresas ocurre en el espacio de la relaciones humanas, y tiene que ver con el escaso reconocimiento de quien se tiene delante, de las personas que pasan muchas veces más de ocho horas diarias al lado nuestro, lo cual no hace sino demostrar un total desconocimiento de la motivación humana y refleja en cierta forma el concepto de persona que descansa en el inconsciente del directivo o el jefe.

No nos percatamos que la indiferencia es por un lado no desplegar nuestros propios recursos, y por otro, renunciar a reconocer en su dimensión humana a la otra persona con nefastas consecuencias en todas las organizaciones humanas, desde la familia, pasando por el colegio, la universidad, el mundo empresarial, matrimonio, gobierno. Somos testigos en primera fila de viles actos de corrupción que despojan a un país entero con enormes necesidades y carencias por indiferencia de quienes tienen en sus manos el timón del país (leer el caso Odebrecht y el cerebro ético).

Un directivo indiferente trabaja a lado de personas que no se sienten escuchadas y por ende no se saben respetadas, y en ese contexto, la confianza no existe y sin confianza no hay lugar para el crecimiento, ni la innovación, ni la felicidad.

¿Cómo dejar de ser indiferentes?

Prestando atención al otro, literalmente. Estamos cableados neurológicamente para la bondad y el servicio a los demás. Si hay algo que nos aleja de esta profunda realidad humana es el miedo en sus diversas formas: estrés, ansiedad, fobia, preocupación, temor al fracaso, al rechazo, a no ser queridos entre otras “presentaciones” de esta emoción tan primitiva que nos impide “registrar el brillo en los ojos de alguien, el asomo de una sonrisa, o los tonos cálidos de su voz”*; convivimos con niveles de miedo que provocan respuestas de lucha, huida o sumisión como describió el fisiólogo americano Walter Cannon.

Daniel Goleman cita en “La Inteligencia Social” a Mencio, del siglo III A.C. “Todos los hombres tienen una mente que no soporta ver el sufrimiento de los otros” y el filósofo y emperador romano Marco Aurelio, cuya imagen ha llegado a muchos por la película Gladiador, en su obra “Meditaciones”, nos propone “Acostúmbrate a prestar mucha atención a lo que otro dice, y en la medida de lo posible ponte en el alma del que te habla”; sabía manera para describir lo que llamamos empatía; fundamental en la inteligencia emocional, en cuyo vórtice se encuentra el auto conocimiento; viaje a los “adentros” del individuo cuyo fin es el reconocimiento del propio carácter, talentos, virtudes y limitaciones; reconociéndome como distinto del otro, pero no por ello distantes ya que para el otro, el otro soy yo; nace así la inteligencia emocional y social, nacen el altruismo, la compasión y la cooperación; únicos elementos y remedios para esta sociedad que algunas veces luce tan brutal y desalmada, empujándonos a la desesperanza en el hombre, en nosotros mismos como fuentes de cambio y cayendo en la condena de Pérez – Reverte citada al inicio de este artículo. Personalmente prefiero seguir a Miguel de Unamuno y su propicio consejo: “hay que vivir con toda el alma, y vivir con toda el alma es vivir con la fe que brota del conocer, con la esperanza que brota del sentir, con la caridad del querer”.


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