Salvar la conciencia
William Wilson mató su conciencia, ahora no es humano, no tiene un alma, ha quedado reducido a un ser desalmado. Él lo ignora, está sujeto a su cruel y virulento instinto, la bestia dentro de él ya no está contenida por las bridas de la conciencia y la reflexión. El bien y el mal se mezclan; así lo bueno y lo malo ya no es bueno, pero tampoco malo, no tiene más una conciencia.
¿Cómo culparlo? ¿Se puede emitir un juicio sobre su conducta si ya no es un humano en su constitución?
Tal vez desde una perspectiva utilitarista sí. Pero no en esencia; él, Wilson no es más un humano. Es ahora una bestia ciega conducida por instintos y apetencias, una voluntad autómata, no es libre.
¿Es este nuevo estado uno mejor que aquel con el que nació?
Un ser de la jungla, que habita aquel lugar en donde prevalece la fuerza bruta, el camuflaje, el ponerse a salvo guiado por un principio de supervivencia.
¿Es este un mundo mejor?
Un mundo sin control, sin observación, sin cuestionamiento, jamás podría será mejor; aunque el alter mundo no sea perfecto.
Estas reflexiones pretenden resumir la narración de E. Allan Poe titulada William Wilson. Personaje “concienticida” o “vericida” si es la conciencia la que nos permite distinguir la dinámica entre el yo y el mundo; la relación y las consecuencias de nuestros actos que nacen de dicha conciencia como actos libres.
Dañar la conciencia es acostumbrarla a ver como bueno aquello que no lo es; también es adormecerla, doparla, que calle que su voz que me incomoda. Conducirla por el ancho camino del relativismo; y de paso, golpear la relación con las personas que actúan como espejos; entonces nos ofuscamos con ellos. No queremos ver y no queriendo ver podemos terminar ciegos, ciegos a la verdad del autoconocimiento que aunque dolorosa es la vía humana de mejora y elevación.
En términos prácticos, el diálogo, oportuno y personal, afectivo y efectivo, con compromiso mutuo de retomarlo en el futuro, es el camino para la natural y valiosa transformación de nuestro comportamiento y nuestra relación con el mundo, la que es posible recrear, y aunque suene utópico, es la única esperanza para todos.
Esto es válido en toda relación: amigos, pareja, padre-hijo, jefe-colaborador, profesor-alumno.
Pasemos a la acción transformadora.
Referencias bibliográficas
Poe, E.A. (1966). Obras selectas. Editorial El Ateneo.